De la observación a la obra
- Andrea Benítez
- 8 oct 2025
- 1 Min. de lectura

Todo comienza con la observación. La cámara no busca capturar una imagen, sino registrar un instante de luz: un fragmento del cielo que pronto se disolverá. Cada registro cromático es un punto de partida, un intento de retener lo irrepetible.
De esas fotografías surgen los gradientes. No son reproducciones del cielo, sino interpretaciones sensibles: cartografías del color en tránsito. En mi proceso, traduzco esas transiciones lumínicas en estructuras digitales que luego se imprimen sobre láminas lenticulares, donde el color se convierte en materia viva.

En el soporte, la imagen cobra movimiento. El espectador percibe una vibración, un desplazamiento sutil que no está en la obra, sino en su mirada. Esa ilusión óptica es también una metáfora del tiempo: de cómo el presente se transforma mientras intentamos comprenderlo.

Cada pieza es, de algún modo, una síntesis del proceso: de la observación, la memoria y la transformación del color. No se trata de representar el cielo, sino de convertirlo en experiencia perceptiva, en un espacio donde mirar es también habitar el tiempo.

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