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El color como territorio

Actualizado: 12 mar


El color, en mi práctica, no es una superficie: es un lugar. Un territorio donde el tiempo se suspende y la percepción se expande. Cada gradiente que construyo surge de una observación del cielo —ese espacio efímero donde la luz nunca se repite—, y se transforma en una forma de pensar el presente: vibrante, inestable, imposible de fijar.


En la superficie lenticular, el color adquiere una dimensión viva. Se desplaza, cambia, se disuelve con el movimiento del espectador. Lo que parecía fijo se vuelve tránsito. Lo que era estático se revela como flujo. Ese desplazamiento no busca representar el tiempo, sino hacerlo visible: invitar a percibirlo en su fragilidad, en su constante devenir.



Superficie lenticular —detalle de impresión y refracción del color.
Superficie lenticular —detalle de impresión y refracción del color.

Mi investigación parte de la intuición de que ver también es una forma de habitar el tiempo. Cuando observamos un gradiente que se transforma, estamos presenciando algo que no se repite. En ese instante breve, el color se convierte en una experiencia perceptiva, casi meditativa, donde lo efímero adquiere densidad.


El color, entonces, se convierte en territorio: un espacio donde pensar, donde quedarse, donde detener la mirada en medio de la aceleración contemporánea. A través de él, busco construir una cartografía visual del presente —una forma de hacer visible lo que normalmente se escapa entre la mirada y el pensamiento.


“El color, más que una superficie, es un lugar donde el tiempo se detiene.”

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